De vez en cuando, la educación y las genialidades relacionadas con ella, generan titulares que ven pasar varios días desde las primeras páginas de actualidad.
En este caso se trata de la sentencia del Tribunal Supremo: El supremo impide pasar a segundo de Bachillerato con más de dos asignaturas pendientes. Así rezaban las líneas que hicieron tambalearse los cimientos del antiguamente llamado MEC. Y es que la propuesta del gobierno pretendía que nuestros estudiantes de Bachillerato, nivel educativo no obligatorio, pudieran pasar de primero a segundo de Bachillerato, incluso planteaba la posibilidad de un curso de transición en el que pudieran cursarse asignaturas de uno y otro cursos.
Comenzando por la no obligatoriedad del nivel, convendría subrayar que un porcentaje muy, muy elevado de los alumnos que finalizan Bachillerato, acceden al sistema Universitario para cursar estudios de educación superior, donde deberán esforzarse, trabajar y, sobre todo, aprender. Dicho porcentaje se mueve en torno al 89%, con variaciones en función de las Comunidades Autónomas y en base a si se trata de un Centro de entidad privada o pública.
Dicho de otra manera, casi la totalidad de los alumnos que inician el Bachillerato durante este curso académico 2008/2009, acabaran sentados en alguna facultad descubriendo las novedades que Bolonia trae consigo.
Comprender un sistema educativo que permita que sus estudiantes preuniversitarios puedan promocionar de curso con cuatro asignaturas, se entiende como una actividad imposible para todos los que vivimos el día a día de las aulas… Y en el día a día se encuentra el problema, pero no en las cuatro asignaturas.
¿Cómo hemos llegado a encontrar alumnos escolarizados, por su propia voluntad en la mayoría de los casos, que puedan tener tal índice de fracaso escolar? Hablar de dos o tres alumnos en cada centro, supondría estudiar la problemática de dichos estudiantes para encontrar en sus hábitos, en su contexto, en su estructura familiar, en su capacidad… algún indicio que nos hiciera descubrir dónde se encuentra esa dificultad. Si hablamos de 10 ó 15 alumnos en un único Instituto, deberíamos pasar a estudiar al grupo. ¿Qué está pasando en ese aula o aulas? ¿Qué fenómenos acontecen al entorno social del Centro? ¿Ha sucedido algo con los profesores?
Sin embargo, las cifras son, como estamos tristemente acostumbrados, aterradoras. El fracaso escolar ya asciende al 31%. Un 40% de alumnos no finaliza el Bachillerato ni realizan ningún Ciclo de Formación Profesional o PCPI (Programas de Cualificación Profesional Inicial), alumnos que se encuentran en un alto riesgo de exclusión social, pues no pueden acceder a un empleo por carecer de formación básica para ello. Estos datos nos alejan de los objetivos del Plan Lisboa 2010 y de la prerrogativa a la que se llegó tras los datos PISA 2006 de tratar de alcanzar dicho plan en 2014.
Quedarse alarmado frente a los datos no solucionará la situación, para ello, hemos de atacar las causas. La pregunta es la siguiente ¿Cuáles son los motivos que conducen a nuestro alumnado a una situación como la actual? Para dar respuesta convendría pensar antes si alguien se ha detenido a observar cuáles son las causas. Efectivamente, como sucede en muchos temas relacionados con la educación, se trata de un fenómeno multicausal que trataré de introducir a continuación.
Facto primero: primer círculo de retroalimentación.
Uno de los grandes factores que encontramos en nuestro Bachillerato, es que los alumnos que acceden a él provienen de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO en adelante) Al margen del grupo de alumnos que superan sus cursos con esfuerzo, entrega, dedicación, compromiso, cumpliendo con sus tareas y renunciando al exceso de ocio insano que azota a gran parte de nuestra juventud, encontramos a un grupo de adolescentes que viven entre Tuenti, MySpace, Facebook, el móvil, la play y el botellón del fin de semana, que ahora, fenómeno cada vez más universalizado, comienza los jueves. Alumnos que no han aprendido el valor del esfuerzo, que no conocen lo que significa trabajar y que, en gran parte, desconocen la estrecha relación que existe entre la dedicación y los buenos resultados académicos. Se obsesionan por alcanzar una nota, generalmente un cinco, claro, ¿para qué más si con eso tienen de sobra?, en vez de intentar aprender… ¿Es culpa de los alumnos? ¿Es culpa de los profesores? En parte no es culpa de ninguno, pero en parte, es culpa de todos ellos. Considero que se constituye el primer círculo de retroalimentación. El alumnado se sienta en un aula, generalmente austera y fría, frente a profesores, en su mayor parte Licenciados con grandes aspiraciones profesionales frustradas, que acaban en el aula no como una opción o una vocación, sino como una falta de opciones o imposibilidad para desarrollar una vocación. Una vez en ella, se enfrentan a un grupo de alumnos que ya llevan una inercia que les conduce a situar una relación de enfrentamiento en la que ellos conciben al profesor como un agente hostil que les suspenderá tras aburrirles horriblemente en clase. Y él, el profesor, los concebirá como tristes cuerpos adolescentes que no tienen capacidad de esfuerzo y no van a poder seguir sus explicaciones, lecciones magistrales, desde su pupitre. Al ver dormirse al primero de los alumnos, el maestro se autoafirma en su divagación. Por tanto se genera un halo en el que el alumnado no encuentra una sola motivación en el estudio, es más, lo encuentra muy distante de su realidad y día a día, aburrido, pesado, extirpador del tiempo que podría aprovechar con sus amigos… hasta llegar a aborrecerlo. Y el profesor, se encuentra con un grupo de adolescentes que no están interesados por su asignatura, no tienen ningunas ganas de aprender, y que faltan a clase y, el día que van, se duermen o interrumpen sus explicaciones hablando con el compañero.
Círculo primero: alumnos desmotivados que desmotivan a los profesores, lo que hace que desmotiven aun más a los alumnos y éstos incrementen la desmotivación del profesorado.
Factor segundo: segundo círculo de retroalimentación.
Un maestro, tras estudiar tres años (con Bolonia serán cuatro) de Magisterio y haberse formado en Pedagogía, Psicología, Didáctica General, Didácticas específicas, etc., realiza tres meses de prácticas (con Bolonia un tiempo mucho mayor), y finalmente, acaba en un Centro impartiendo clase en Educación Primaria (desde primero de Primaria hasta sexto de Primaria). El alumno, acaba su Educación Primaria y accede a la ESO, donde encontrará al profesor de Matemáticas, que habrá estudiado cinco años de Matemáticas y habrá realizado un CAP (Curso de Aptitud Pedagógica) de seis meses en el que se enseña a realizar Unidades Didácticas y ciertas nociones de Psicología seguidas de unas mínimas prácticas con calificación de apto o no apto. El profesor de Lengua será Licenciado en Filología, y así sucede con todas y cada una de las asignaturas a lo largo de la ESO y del Bachillerato. Por tanto, la capacidad pedagógica de este docente queda bien discutida, sobre todo al escuchar frecuentemente en los Colegios frases del estilo: “Lo mejor es que suspendas a todos en el primer examen, así se dan cuenta que la asignatura es difícil y tienen que estudiar” ¿Acaso este profesor no ha escuchado hablar de las expectativas? Otra frase bien frecuente: “Con ellos mano dura, que luego se te suben a la chepa”. Confundir disciplina del aula con control del aula es un común error. Yo he sido profesor de grupos caóticos pero extremadamente disciplinados, y profesor de grupos que sabían sentarse muy bien en sus sillas y guardar silencio en clase, pero con una tremenda indisciplina. Y es que la disciplina no es mantener a 25 alumnos sentados durante ocho horas en el pupitre. La disciplina es un tema bien diferente, pero eso… eso es otra historia…
Círculo segundo: profesorado sin formación específica en ESO y Bachillerato, lo que les conduce a mantener ideas totalmente erróneas acerca de los alumnos, la educación y los efectos beneficiosos de medidas realmente traumáticas y desastrosas.
Llegados a este punto, podemos introducirnos a la problemática observando cómo en el primer círculo se puede apreciar a unos alumnos carentes de motivación, sin interés por el aprendizaje y a profesores, no sólo desmotivados y sin vocación, sino sin herramientas, círculo segundo, para hacer que los alumnos se interesen por la materia, para mostrarles los caminos que pueden conducirles hacia un aprendizaje práctico, real, cercano, y con una lacra: preconceptos erróneos sobre el aprendizaje, la enseñanza y todo lo que a ambas rodea.
Factor tercero: tercer círculo de retroalimentación.
… y las aulas se llenaron de inmigrantes… y las familias se rompieron… y los valores se perdieron… y el alumnado fracasó. Y así sucede. Frente a la complejidad de los dos factores anteriormente expuestos, se observa un muy notable aumento de inmigrantes en las aulas. Inmigrantes que provienen de países muy dispares. Durante el pasado mes de mayo de 2007, dos investigadores de la Universidad Pompeu Fabra, estudiaron que el rendimiento de los estudiantes comienza a descender cuando el porcentaje de inmigrantes en el Centro supera el 6%, empeorando de forma extrema al cruzar el umbral del 10%. Simplemente basta con conocer el nivel educativo de los países de los que provienen. El profesorado, contando con las dificultades expuestas en el factor segundo, no sólo se enfrenta a ese alumnado desmotivado, sino que ahora, es un alumnado con grandes problemas de base, que en muchas ocasiones no habla el idioma, con costumbres sociales diferentes, (para muchos la escuela no es obligatoria en su país natal y no tienen costumbre de asistir a diario) no saben cómo se estudia porque nunca antes se les ha presentado directamente esa necesidad…
A esos porcentajes de inmigrantes, que poco a poco se adaptan a nuestro sistema escolar, debemos sumar el de hijos de padres separados o divorciados durante su escolarización. Ya lo demostraba un informe de la Universidad de Chile en 2002 al observar una fuerte correlación entre el divorcio y el fracaso escolar, sin entrar a detallar datos acerca del incremento de la agresividad en estos alumnos, sus problemas sociales, afectivos… que implicarán, sin duda alguna, al resto de los compañeros, o al menos, a unos cuantos.
Y llegamos a los valores. No es novedad que los valores tradicionales están perdidos, pero sí lo sea quizá para algunos, desde luego no para los maestros, que los referentes a la cultura escolar hace años que brillan por su ausencia. Si el profesor descubre al alumno fumando en el Centro y se le impone un castigo, el castigo no se realiza porque el padre acude al Centro a reprender al profesor por privar a su hijo de intimidad y amenaza con una demanda por acoso. Si un alumno miente descaradamente a un profesor falsificando una firma o dando motivos inexistentes a sus ausencias, retrasos o faltas de deberes, al comunicarlo a los padres, éstos increparán al profesor: “¿No estará insinuando que mi hijo es un mentiroso? Porque mi hijo nunca ha mentido y jamás mentirá”. Finalmente, los padres se convierten en los cómplices perfectos de los hijos y en auténticos expertos en desautorizar al profesorado. Con ello, el alumno se ve reforzado en sus decisión de no asistir a clase, de no hacer los deberes, de falsificar firmas…
Círculo tercero: Aspectos sociales como la inmigración, la ruptura de las familias y la caída de ciertos valores, sobre todo de los relativos a la familia hacia la escuela, influyen negativamente en el fracaso escolar de los alumnos. La familia y la escuela deben caminar juntas hacia el mismo sitio con papeles complementarios. Mirar hoy a ambas, supone ver fácilmente que cada una camina hacia un lugar diferente, colocando la familia todas las responsabilidades educativas en la escuela y exigiendo formación, educación y, resultados. Recordemos los dos círculos anteriores… ¿qué puede hacer el profesorado de Secundaria y Bachillerato al respecto?
Se podrían plantear varios factores más, no obstante, para ir concluyendo, las cuatro asignaturas suspensas jamás podrían acercarse a tapar el fracaso escolar, sino que desembocarían en un alumnado, cada vez menos capaz, que terminaría accediendo a la Universidad, si siguiera ese camino, con las Matemáticas de segundo pendientes.
Hay que centrarse en dar herramientas a los profesores, y no sólo eso, sino en ayudar a la gran cantidad de buenos profesores, que conozco a muchos y me consta la existencia de muchos más, que padecen síndrome de quemado o burnout, que se encuentran desmotivados después de varias décadas de vivir entre adolescentes, que no reciben palabras de aliento de nadie, sólo exigencias y, a los que los alumnos comienzan a pegar, a maltratar, a humillar en clase, a grabar en vídeo y colgar en Internet siendo ridiculizados...
Hay que romper estos círculos que nos llevan a una deriva lamentable y en la que es difícil predecir los extremos que se alcanzarán. No sólo por los alumnos, sino por la sociedad en conjunto que debe prosperar y hacer avanzar al conocimiento, a la ciencia, educar a las generaciones venideras…pero esto no es posible si pasamos a los alumnos de curso con cuatro asignaturas pendientes. Tarde o temprano, cuando el fracaso llegue al sistema Universitario, que de seguir así sucederá, podría plantearse el acabar una carrera con cuatro asignaturas pendientes. Total, ¿qué son cuatro asignaturas entre cincuenta?
Para romper esos círculos, es necesario de forma inminente, que se logre un acuerdo de mínimos en lo referente a la legislación educativa. Vivimos en un país que se está acostumbrando a ver nuevas leyes de educación cada cuatro años. Es necesario también un plan de formación del profesorado de Secundaria y Bachillerato. Las últimas noticias que tengo a la hora de escribir este artículo, es que ya se ha aprobado, junto con la reforma Universitaria, un Máster para la formación del profesorado de 60 ECTS (European Credits Transfer System), equivalente cada crédito a 25 horas. Urge un plan de actuación con el alumnado inmigrante, un plan de apoyo a los alumnos que fracasan, un plan que no los aparte de la corriente educativa de sus compañeros, que nos lo sitúe en riesgo social antes de cumplir los 16 años, que no les condene a vivir sin el graduado escolar… Urge mentalizar a los alumnos de que la finalidad de la escuela no es sacar notas, sino aprender, prepararse para el futuro… y urge también mentalizar a maestros y profesores de que en el siglo XXI, los conceptos están a golpe de clic, y que ya no debemos centrarnos en transmitir conocimientos, sino procedimientos. Urge potenciar y dotar con más fondos a los Departamentos de Orientación de los Centros para que puedan atender a la diversidad, al profesorado que lo necesita, formar, consensuar, orientar, valorar planes de estudios, evaluar a alumnos, intervenir con ellos…
Urgen mil cosas, pero lo que nunca debe estar en la lista de las cosas pendientes de la educación española, es recetar bálsamos que nos engañen a todos a fin de evitar una estadística aterradora.
Cambiemos la educación de nuestros pequeños para que ellos cambien la sociedad del mañana…
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