Dispositivos digitales, infancia y respeto
(Parte 3)
El consumo respetuoso de
contenidos es un tema poco tratado cuando hablamos de prevención o de buen uso
de las TIC. Pude seguir la barbarie de los atentados de París desde mi cuenta
de Twitter mediante el hashtag #atentadosparis. Cada segundo aparecían
comentarios nuevos, no uno, sino del orden de unos 20-30 cada segundo.
Saturación de contenidos. ¿Los consumo todos? No. He de hacer un uso
responsable de los mismos. Bajo ese hashtag se escondían enlaces a vídeos
terroristas, personas anónimas que pretendían ser leídas. También empleé otra
estrategia para seguir estos repugnantes sucesos. Entré en las cuentas de
aquellos medios a los que por mi bagaje, por mis creencias y por mi ideología,
les otorgo credibilidad. No entré en Facebook por ejemplo, donde el consumo de
elementos de esta noticia está cargado de moralidad, de insultos, de amenazas,
de odio y de una extraña forma, empleada a lo largo de todos los tiempos,
consistente en emplear la fuerza verbal y la monstruosidad intelectual para
combatir aquello con lo que no se está de acuerdo. La forma respetuosa de
consultar contenidos en esta era digital va encaminada hacia fuentes creíbles,
hacia fuentes que invierten esfuerzos en hacer una noticia que no terminan por
convertirla en producto o en fuente comercial de ingresos. Hay ciertos medios
que exceden del sensacionalismo y señalan noticias tildadas de aspectos que no
son necesarios. En España vimos ciertas líneas ideológicas que tendían a
mostrar la vida de las víctimas de los terroristas y que vendían la tragedia
humana. En la era digital, cada vez que entramos en un medio de este estilo,
estamos facilitando que otra noticia similar pueda volver a publicarse. No nos
engañemos. Todo es negocio. Las páginas Web de periódicos y medios de
comunicación sobreviven gracias a la publicidad que en ellas encontramos, y la
publicidad se paga en base al número de visitas únicas que recibe diariamente.
Si nuestra IP entra en sus datos, sumaremos +1 a esa lista de visitas únicas.
El consumo responsable, por tanto, es clave para que se produzca un sesgo
natural de la información, para que aquella noticia convertida en producto
comercial y de marketing tienda a desaparecer. Al igual que sucede con la
actualidad, ocurre similar con páginas Web que transmiten contenido que debiera
disminuir. No mencionaré nombres de páginas por respeto a sus creadores y a
aquellos que las consultan, no obstante, hay una muy conocida para trabajos
escolares que, a su vez, en su nombre, ya hace apología del mínimo esfuerzo.
Sus contenidos dejan muchísimo que desear. Se confundieron. Podrían haber
creado un portal colaborativo de trabajo para estudiantes pero prefirieron que
cada uno subiera sus trabajos escolares y universitarios y que otros entraran,
pudieran bajarlo en formato Word y con únicamente cambiar el nombre, ya tenían
que entregar en clase al día siguiente, consiguiendo poder haber pasado las dos
últimas tardes, en vez de invirtiendo tiempo en aprender (y aprender ya implica
realizar búsquedas eficaces en Internet y seleccionar contenidos) jugando a
juegos en línea, o incrementando su obesidad tecnológica. Por tanto, debemos
ser respetuosos en la consulta de contenidos. Serlo, implicará además, un
concepto ecologista de la red y un avance para la libertad ciberintelectual,
apropiándome del término que comienza a acuñarse en ciertos foros para hacer
referencia a esa pequeña “biblioteca” y a esos “ágoras” que podemos encontrar
en ciertos sitios de la red.
Si es clave ser respetuoso en lo
referente a la consulta de contenidos, también lo es serlo con lo referente a
la creación de contenidos. ¿Compartir es crear? Me preguntó una profesora de
matemáticas en un foro sobre las TIC y el impacto socioeconómico de la
implicación de los estudiantes escolares en su uso en el Levante español hace
unos meses. Esta profesora, que había descubierto Twitter recientemente, se
mostraba muy, muy activa en esta red social. ¿Qué opináis? El auditorio se
encontraba casi al 50% dividido. Sí, sin duda. Compartir es crear. Cuando
compartes estás haciendo accesible ese contenido al resto de tus contactos se
por el medio que sea. No eres el creador directo (fuente primaria) pero si su
promotor (fuente secundaria si aceptan como válido el ejemplo). Cuando compartimos podemos indicar dos cosas: desacuerdo
o acuerdo con el contenido. ¿Es lícito? Sé que es un tema que genera muchísimas
controversia pero desde mi punto de vista, tenemos que ser muy, muy recatados
con los dogmas morales que expresamos mediante redes sociales y mediante
plataformas de acceso libre. En el acceso libre entran menores. ¿Qué sucede
cuando una persona sin las ideas muy claras o sin una opinión propia lee
opinión y se empapa de la moralidad de otra persona? Este es un argumento que
uso muchas veces al tratar el tema. Siempre alguien termina explicando que es
posible que no tengas las ideas claras, o que aún no hayas creado una opinión
sobre el tema en concreto, pero que sí sabes a quién debes hacerle caso, porque
escuchas a tus figuras de referencia. Claro. Así es. El problema es que las
figuras de referencia de hoy no son la de ayer. A los familiares y a los
maestros se los ha cambiado por ese personaje que tiene once mil seguidores, o
aquel cuyas publicaciones son compartidas setecientas veces, independientemente
de si la bandera que se esconde tras la suya es cualquier bandera
anticonstitucional, o si su discurso implica aspectos ilegales. Por tanto creo
que la opinión es libre en la red siempre y cuando sea opinión justificada y
con cierto criterio. Aquel que se alce como dueño del bien y del mal, de las
verdades universales y con el conocimiento pleno proveniente de una fuente
divina, hace mal. Tanto en lo físico como en lo virtual, no obstante, en lo
físico, por lo general las palabras se las lleva el viento o los libros se
duermen durante años en sus librerías, pero en la red, nos encontramos el
contenido sin querer, sin tener que ir a buscarlo aparece. Mi propuesta: seamos
asépticos. En ambos mundos, creo que para actuar de forma respetuosa debemos
eliminar todo tipo de moralidad de los enunciados que realizamos. De tal
suerte, encontraremos enunciados del tipo: a mí me gusta ser una persona muy
organizada y me es eficaz, no obstante, habrá personas que sean desorganizadas
y les guste y les sea tan eficaz como a mí no serlo. Este enunciado,
completamente respetuoso, cambia completamente si le añadimos carga moral: […]
pero ser desorganizado está mal ya que lo bueno es ser una persona ordenada y
planificada, por tanto, todo lo que no sea ser así, será malo. En este punto se
pierde el respeto. Por tanto, pueden contarse aspectos históricos, vivencias,
anécdotas, perspectivas… pero sin carga moral.
-“Hijo mío, en nuestra familia
nosotros pensamos estas cosas, pero otras familias pensarán lo contrario y
creerán en ello de una forma tan firme y apasionada como nosotros en las
nuestras”.
¿Da esta perspectiva más libertad
a nuestros hijos? ¿Les da oportunidades para crecer? ¿Les entrena en la empatía
y en la tolerancia? Desde mi punto de vista, sin duda alguna, sí.
Y en lo virtual sucede así:
personas que critican a otros por poner cierto tipo de selfie o por subir
ciertos comentarios, por hacer de Facebook una plataforma en pro de los
derechos de los animales o por subir continuamente imágenes de películas…. El
respeto ya no sólo se encuentra en el mundo que siempre hemos conocido, sino
que también en nuestro universo paralelo, en nuestra vida en la red.
Debemos por tanto comprender el
respeto como contenido en sí (entender
que otras personas puedan pensar de forma diferente) y como continente, en lo
que hace referencia al marco conductual de nuestras acciones y de nuestras
acciones de vida (no hacer uso del whatsapp cuando estamos hablando con un
amigo al que tenemos en frente físicamente).
Como anécdota para acabar este
artículo contaré algo que me ha sucedido hace algunos minutos: manteniendo una
conversación por Skype con un colega de la otra parte del mundo acerca de una
pequeña investigación que nos ocupa, ha sonado su teléfono. Le he invitado a
contestar su llamada. Era el teléfono de su casa. Mientras hablaba, momento que
había aprovechado para mantener una conversación mediante mensaje privado por
Twitter, me ha dicho:
-
“Espera un momento que mi hermano (era quien le
llamaba) está hablando por whatsapp con su cuñado porque su interlocutor está
esperando en una biblioteca a que el bibliotecario termine una conversación de
chat por Facebook para atenderle”.
El colmo de los colmos. Una
compleja red de conversaciones que no debieran sucederse por respeto en el
sentido de continente que interrumpen nuestra reunión virtual de trabajo. Yo me
pregunto: si hubiéramos avanzado en esa red de esperas, ¿habríamos llegado a la
persona a la que le dije yo: espera que mi colega me está contando que su
hermano está hablando por whatsapp con….? Seguramente sí. Se habló en su día de
los grados que nos unen a todos en Internet, por lo que no creo que tardáramos
en llegar.
A modo de conclusión: es necesario que los valores que
antaño eran válidos, sigan siéndolos, y es fundamental que aprendamos a
adaptarlos a la vida cotidiana, la que ya trae implícito a las TIC y a las
relaciones que en ellas se establecen, tanto a nivel persona Vs persona, como a
nivel persona Vs contenido.