miércoles, 25 de noviembre de 2015

Dispositivos digitales, infancia y respeto (parte 3)

Dispositivos digitales, infancia y respeto
(Parte 3)

El consumo respetuoso de contenidos es un tema poco tratado cuando hablamos de prevención o de buen uso de las TIC. Pude seguir la barbarie de los atentados de París desde mi cuenta de Twitter mediante el hashtag #atentadosparis. Cada segundo aparecían comentarios nuevos, no uno, sino del orden de unos 20-30 cada segundo. Saturación de contenidos. ¿Los consumo todos? No. He de hacer un uso responsable de los mismos. Bajo ese hashtag se escondían enlaces a vídeos terroristas, personas anónimas que pretendían ser leídas. También empleé otra estrategia para seguir estos repugnantes sucesos. Entré en las cuentas de aquellos medios a los que por mi bagaje, por mis creencias y por mi ideología, les otorgo credibilidad. No entré en Facebook por ejemplo, donde el consumo de elementos de esta noticia está cargado de moralidad, de insultos, de amenazas, de odio y de una extraña forma, empleada a lo largo de todos los tiempos, consistente en emplear la fuerza verbal y la monstruosidad intelectual para combatir aquello con lo que no se está de acuerdo. La forma respetuosa de consultar contenidos en esta era digital va encaminada hacia fuentes creíbles, hacia fuentes que invierten esfuerzos en hacer una noticia que no terminan por convertirla en producto o en fuente comercial de ingresos. Hay ciertos medios que exceden del sensacionalismo y señalan noticias tildadas de aspectos que no son necesarios. En España vimos ciertas líneas ideológicas que tendían a mostrar la vida de las víctimas de los terroristas y que vendían la tragedia humana. En la era digital, cada vez que entramos en un medio de este estilo, estamos facilitando que otra noticia similar pueda volver a publicarse. No nos engañemos. Todo es negocio. Las páginas Web de periódicos y medios de comunicación sobreviven gracias a la publicidad que en ellas encontramos, y la publicidad se paga en base al número de visitas únicas que recibe diariamente. Si nuestra IP entra en sus datos, sumaremos +1 a esa lista de visitas únicas. El consumo responsable, por tanto, es clave para que se produzca un sesgo natural de la información, para que aquella noticia convertida en producto comercial y de marketing tienda a desaparecer. Al igual que sucede con la actualidad, ocurre similar con páginas Web que transmiten contenido que debiera disminuir. No mencionaré nombres de páginas por respeto a sus creadores y a aquellos que las consultan, no obstante, hay una muy conocida para trabajos escolares que, a su vez, en su nombre, ya hace apología del mínimo esfuerzo. Sus contenidos dejan muchísimo que desear. Se confundieron. Podrían haber creado un portal colaborativo de trabajo para estudiantes pero prefirieron que cada uno subiera sus trabajos escolares y universitarios y que otros entraran, pudieran bajarlo en formato Word y con únicamente cambiar el nombre, ya tenían que entregar en clase al día siguiente, consiguiendo poder haber pasado las dos últimas tardes, en vez de invirtiendo tiempo en aprender (y aprender ya implica realizar búsquedas eficaces en Internet y seleccionar contenidos) jugando a juegos en línea, o incrementando su obesidad tecnológica. Por tanto, debemos ser respetuosos en la consulta de contenidos. Serlo, implicará además, un concepto ecologista de la red y un avance para la libertad ciberintelectual, apropiándome del término que comienza a acuñarse en ciertos foros para hacer referencia a esa pequeña “biblioteca” y a esos “ágoras” que podemos encontrar en ciertos sitios de la red.
Si es clave ser respetuoso en lo referente a la consulta de contenidos, también lo es serlo con lo referente a la creación de contenidos. ¿Compartir es crear? Me preguntó una profesora de matemáticas en un foro sobre las TIC y el impacto socioeconómico de la implicación de los estudiantes escolares en su uso en el Levante español hace unos meses. Esta profesora, que había descubierto Twitter recientemente, se mostraba muy, muy activa en esta red social. ¿Qué opináis? El auditorio se encontraba casi al 50% dividido. Sí, sin duda. Compartir es crear. Cuando compartes estás haciendo accesible ese contenido al resto de tus contactos se por el medio que sea. No eres el creador directo (fuente primaria) pero si su promotor (fuente secundaria si aceptan como válido el ejemplo).  Cuando compartimos podemos indicar dos cosas: desacuerdo o acuerdo con el contenido. ¿Es lícito? Sé que es un tema que genera muchísimas controversia pero desde mi punto de vista, tenemos que ser muy, muy recatados con los dogmas morales que expresamos mediante redes sociales y mediante plataformas de acceso libre. En el acceso libre entran menores. ¿Qué sucede cuando una persona sin las ideas muy claras o sin una opinión propia lee opinión y se empapa de la moralidad de otra persona? Este es un argumento que uso muchas veces al tratar el tema. Siempre alguien termina explicando que es posible que no tengas las ideas claras, o que aún no hayas creado una opinión sobre el tema en concreto, pero que sí sabes a quién debes hacerle caso, porque escuchas a tus figuras de referencia. Claro. Así es. El problema es que las figuras de referencia de hoy no son la de ayer. A los familiares y a los maestros se los ha cambiado por ese personaje que tiene once mil seguidores, o aquel cuyas publicaciones son compartidas setecientas veces, independientemente de si la bandera que se esconde tras la suya es cualquier bandera anticonstitucional, o si su discurso implica aspectos ilegales. Por tanto creo que la opinión es libre en la red siempre y cuando sea opinión justificada y con cierto criterio. Aquel que se alce como dueño del bien y del mal, de las verdades universales y con el conocimiento pleno proveniente de una fuente divina, hace mal. Tanto en lo físico como en lo virtual, no obstante, en lo físico, por lo general las palabras se las lleva el viento o los libros se duermen durante años en sus librerías, pero en la red, nos encontramos el contenido sin querer, sin tener que ir a buscarlo aparece. Mi propuesta: seamos asépticos. En ambos mundos, creo que para actuar de forma respetuosa debemos eliminar todo tipo de moralidad de los enunciados que realizamos. De tal suerte, encontraremos enunciados del tipo: a mí me gusta ser una persona muy organizada y me es eficaz, no obstante, habrá personas que sean desorganizadas y les guste y les sea tan eficaz como a mí no serlo. Este enunciado, completamente respetuoso, cambia completamente si le añadimos carga moral: […] pero ser desorganizado está mal ya que lo bueno es ser una persona ordenada y planificada, por tanto, todo lo que no sea ser así, será malo. En este punto se pierde el respeto. Por tanto, pueden contarse aspectos históricos, vivencias, anécdotas, perspectivas… pero sin carga moral.
-“Hijo mío, en nuestra familia nosotros pensamos estas cosas, pero otras familias pensarán lo contrario y creerán en ello de una forma tan firme y apasionada como nosotros en las nuestras”.
¿Da esta perspectiva más libertad a nuestros hijos? ¿Les da oportunidades para crecer? ¿Les entrena en la empatía y en la tolerancia? Desde mi punto de vista, sin duda alguna, sí.
Y en lo virtual sucede así: personas que critican a otros por poner cierto tipo de selfie o por subir ciertos comentarios, por hacer de Facebook una plataforma en pro de los derechos de los animales o por subir continuamente imágenes de películas…. El respeto ya no sólo se encuentra en el mundo que siempre hemos conocido, sino que también en nuestro universo paralelo, en nuestra vida en la red.
Debemos por tanto comprender el respeto como contenido en sí  (entender que otras personas puedan pensar de forma diferente) y como continente, en lo que hace referencia al marco conductual de nuestras acciones y de nuestras acciones de vida (no hacer uso del whatsapp cuando estamos hablando con un amigo al que tenemos en frente físicamente).
Como anécdota para acabar este artículo contaré algo que me ha sucedido hace algunos minutos: manteniendo una conversación por Skype con un colega de la otra parte del mundo acerca de una pequeña investigación que nos ocupa, ha sonado su teléfono. Le he invitado a contestar su llamada. Era el teléfono de su casa. Mientras hablaba, momento que había aprovechado para mantener una conversación mediante mensaje privado por Twitter, me ha dicho:
-          “Espera un momento que mi hermano (era quien le llamaba) está hablando por whatsapp con su cuñado porque su interlocutor está esperando en una biblioteca a que el bibliotecario termine una conversación de chat por Facebook para atenderle”.
El colmo de los colmos. Una compleja red de conversaciones que no debieran sucederse por respeto en el sentido de continente que interrumpen nuestra reunión virtual de trabajo. Yo me pregunto: si hubiéramos avanzado en esa red de esperas, ¿habríamos llegado a la persona a la que le dije yo: espera que mi colega me está contando que su hermano está hablando por whatsapp con….? Seguramente sí. Se habló en su día de los grados que nos unen a todos en Internet, por lo que no creo que tardáramos en llegar.
A modo de conclusión: es necesario que los valores que antaño eran válidos, sigan siéndolos, y es fundamental que aprendamos a adaptarlos a la vida cotidiana, la que ya trae implícito a las TIC y a las relaciones que en ellas se establecen, tanto a nivel persona Vs persona, como a nivel persona Vs contenido.

Dispositivos digitales, infancia y respeto (Parte 2)

Dispositivos digitales, infancia y respeto 
(Parte 2)
Y ahora vamos con esos niños a partir de un año. Me valdré de una anécdota que me resultó de lo más curiosa. Hace un par de semanas, en un día festivo, salí a comer con mi familia. El restaurante estaba en un centro comercial, y estaba completamente lleno. Había muchísimas familias con niños tratando de entrar en cualquier restaurante que tuviera hueco para alguien que no hubiera realizado una reserva. Afortunadamente fui previsor y tenía mi mesa reservada desde hacía un par de días. Al final del primer plato me percaté de algo curioso: no se escuchaban niños. ¿Podía ser que no hubiera ninguno? Di una visual a aquel restaurante y ¡había muchísimos! Rápidamente lo comprendí todo: no había niño sin Tablet o Smartphone. Absolutamente todos ellos estaban haciendo uso de dispositivos digitales. ¡Dios mío, las tablets se han convertido en supernany!. El caso es que luego los adultos nos decimos entre nosotros que “nadie usa whatsapp en la cena”, “los teléfonos se dejan todos en la mesa del recibidor mientras comemos”, “no haces más que usar el iPad”…. Y luego somos los adultos los que les enseñamos a los niños a hacer estas cosas. Esa escena puede contemplarse también en el coche, para que los niños no den la lata, al igual que en casa, cuando queremos ver una película o cuando queremos “estar tranquilos”, así dicen algunos, dando a entender que dejar que su hijo juegue o quiera estar con sus padres interactuando sea no estar tranquilos. ¿No se volvería loco nuestro hijo si unos días le dejamos pintar las paredes y otros no? ¿Qué pensaría? ¿Hoy papá me regañará si pinto las paredes o me dirá que muy bien? ¿Qué dirá mamá hoy: que puedo estar con su teléfono jugando o se enfadará si me ve con él? Estamos volviendo locos a los niños. Y eso no es lo peor, les estamos haciendo adictos a una mala droga, ya que estamos enseñándoles a hacer uso del tiempo que a nosotros nos interesa de los dispositivos digitales, y no sólo eso, sino que tratamos de que sean aplicaciones o páginas muy entretenidas pero que no les aportan nada en realidad. Cuando los niños están en Primaria, sucede lo mismo: “Que jueguen a lo que quieran mientras nos dejen hablar a los adultos”. Pues no. Hoy y ahora sí, pero mañana en situaciones similares será un no. Nuevamente los enloquecemos. ¿Hay padres que invitan a sus hijos a escribir un cuento en Word en vez de que juegue al Clash of Clans cuando está aburrido? ¿Alguno ha propuesto a su hijo hacer una visita cultural por El Prado online en vez de que entre a ver unos dibujos animados en Youtube que no aportan absolutamente nada?
Nuevamente la obesidad tecnológica comienza a apropiarse de nuestros pequeños, pero es terrible, porque somos los padres los que les estamos ofreciendo alto contenido de grasas insaturadas, triglicéridos hasta aburrir, lipoproteínas de baja densidad (que son las que se conocen como “colesterol del malo”), incluso les estamos poniendo en una copa de balón llena de hielo una gVine (que es una ginebra Premium) con una tónica Premium también, cuando les decimos: “usa Youtube y mira lo que quieras, pero no molestes”.
Si educamos a nuestros hijos en cualquier aspecto, a lo largo de su vida adulta actuarán como tal. Si les enseñamos a saludar, saludarán, si les enseñamos a ceder el paso a otras personas en la puerta lo harán, al igual que si les explicamos que deben comer con la boca cerrada, dar las gracias, etc. ¿Cómo les estamos enseñando a divertirse? ¿Estamos siendo consecuentes en nuestra línea educativa? Creo que debemos hacer conciencia.
Pero esto no es lo que más me preocupa, no. Que estemos “cebando” a nuestros hijos a tiempo de consumo digital y les estemos haciendo “engordar” y que su sistema digital-cardiovascular esté completamente saturado, bueno, pase, al fin y al cabo somos las primeras generaciones de padres que conviven con hijos de estas edades y con la gran cantidad de dispositivos digitales. Lo que más me preocupa es que, al igual que nosotros tratamos de reproducir patrones paternales y maternales con nuestros hijos, ellos también reproducirán los patrones observados en su crianza, es decir, harán lo mismo con sus hijos. ¿Dónde, cuándo y quién hará que se cree el filtro? Aquel que sirva para decidir cuándo, cómo, cuánto y de qué tipo, y que, sobre todo, sea permanente en el tiempo, que tenga esa universalidad necesaria para la educación, que pueda presentar un patrón de conducta y que pueda aprenderse. Difícil tarea. Y más todavía si nos metemos en el terreno del respeto. El respeto desde la perspectiva de las TIC es triple:
-          Uso de dispositivos digitales con respeto (saber cuándo usarlos y cuándo no)
-          Consumo de contenidos digitales de forma respetuosa (saber qué contenidos conviene consumir y cuáles no)
-          Generación de contenidos de forma respetuosa (saber qué clase de contenidos debe compartir y generar y cuáles no)
Con respecto al uso de dispositivos digitales de forma respetuosa hay mucho que tratar. Quién no ha visto a un grupo de adolescentes más o menos numeroso, sentados en un parque, y todos en silencio. También todos con sus teléfonos en las manos. ¿Es eso respeto? No. No hay respeto por uno mismo ni por los demás en este tipo de conductas, al igual que tampoco lo hay si se usa en una clase hacia el profesor, o si se hace uso del mismo mientras estás comiendo o hablando con otras personas. Lo cierto es que combatirlo es complicado, pero la clave se acerca al punto de crear espacios comunes, no físicos, sino cognitivos, emocionales y sociales. Cognitivos en el sentido de generar un espacio para el pensamiento, para la reflexión, para compartir aprendizajes. Emocionales en el puro sentido de crear vínculo. ¿Qué vínculo podemos crear con una persona que físicamente se encuentra frente a nosotros pero que comparte más tiempo en el plano virtual que en el real? Una nueva paradoja. Un nuevo sentido al estar sin estar, al hablar sin hablar. Por tanto espacios emocionales en los que el vínculo afectivo y físico se establezca, se mantenga, se alimente y se perpetúe. Con dicho vínculo, difícil será que la otra persona entre en lo virtual y se mantenga más allí que aquí. Los espacios sociales son también importantes. Nuevamente la clave reside en el vínculo, pero esta vez en el vínculo colectivo. Intereses personales que se hacen colectivos y se explotan en grupo, y lo bueno es que hay grupo a partir de dos.

Dispositivos digitales, infancia y respeto (Parte 1)

DISPOSITIVOS DIGITALES, INFANCIA Y RESPETO
Parte 1
No hace muchos días alguien me preguntaba acerca de lo debido o indebido del uso de dispositivos digitales en niños. Mantuvimos una interesante conversación acerca del uso que se le da a estos dispositivos y sobre la finalidad última de los mismos. Llegábamos a muchos callejones sin salida que tratábamos de responder. Tras varias horas tratando el tema con mi amigo, arquitecto en el sur de España, me dijo: “¡Mira que es complicado esto de los ordenadores, con lo tranquilos que estábamos hace unos años jugando a las chapas!”.
La respuesta de mi amigo me dio mucho que pensar. Estábamos más tranquilos antes sí, pero ¿estábamos de la forma en la que estamos ahora? La respuesta que puse sobre la mesa rápidamente a mi alter ego fue un rotundo no.
Estábamos sí, pero no de la misma forma en la que estamos ahora. Actualmente la estancia de las personas ha cambiado, físicamente podemos estar únicamente en una ubicación, es lógico, aunque tal vez en unos años ya podamos estar en varios sitios a la vez, quién sabe. Virtualmente la cosa cambia. ¿Estamos? Sí. Estamos en la red, ese enmarañado ovillo de conexiones que no tenemos muy claro dónde se encuentra pero que es una realidad. Y sí, estamos en mil sitios actualmente: estamos en todas las redes sociales, sobre todo en Facebook y Twitter, donde podemos interactuar si lo deseamos pero también podemos leer. Nótese el aumento de lo conocido como usuarios pasivos de la red, devoradores de información. Quizá pueda establecerse cierto paralelismo con aquel compañero algo más tímido al que no se le escapa detalle. Podemos decir que este usuario “las mata callando” en la red. Su presencia pasa desapercibida, pero dado que no genera contenidos, multiplica por 3 su tiempo como consumidor, por tanto, en el mismo tiempo que una persona revisa Twitter, comparte un par de tweets y escribe algo, este usuario ha leído el triple, por lo que tiene acceso al triple y, está más informado en tiempo real. Siempre llegamos al punto de establecer algún criterio político, moral, científico, educativo, social, humanitario, incluso ecológico, acerca de qué clase de contenido consume y si es de buena calidad o, al menos, de calidad.
Estamos en todo aquello que nuestro teléfono inteligente tenga instalado. Sin duda alguna hoy tenemos una presencia mucho mayor en todo aquello que deseemos, pero no nos engañemos, todo aquello que lo desea, tiene una mayor presencia en nosotros (geolocalización, perfiles de usuario, perfiles de consumidor, perfiles de ocio, etc.).
En el debate acerca de si los dispositivos digitales pueden ser usados por los niños más pequeños, y con más pequeños me refiero a niños de un año en adelante, la respuesta es claramente sí. Pero también es claramente no. Nuevamente nos encontramos frente a uno de los muchos dilemas que están apareciendo en base a la racionalización de las TIC. En este punto, antes de abordar los síes y los noes, me dispongo a tratar otro tema que más adelante se entenderá su relación con este aspecto. A día de hoy más que nunca, se habla de la adicción a las TIC y no sólo eso, se desarrollan programas impartidos por instituciones serias, se abren centros de psicología únicamente encaminados al tratamiento de la adicción… pero a mí el concepto adicción a las TIC se me queda corto. Se me queda corto porque no termino de comprenderlo. Personalmente paso muchísimas horas con mi pc portátil, con mi iPad, con mi Smartphone y con otra serie de dispositivos. Sigo varias veces al día las redes sociales y cuando voy a dormir en muchas ocasiones estoy con mi teléfono al lado de mi cama funcionando. Con mi pc portátil escribo artículos para esta revista y para muchos otros medios, preparo clases con elaboradas presentaciones para los alumnos, leo el correo electrónico y hago uso de un par de plataformas de aprendizaje desde las que en unas ocasiones creo contenidos y en otras los consumo.
Con mi iPad, pongo anotaciones sobre mis alumnos en aplicaciones destinadas a ello, controlo la asistencia de mis alumnos a clase y veo las cosas que tengo que tratar con ellos. Igualmente, puedo asociarme al pc del aula y proyectar sobre él aquello que considero apropiado en cada momento. Con mi Smartphone mantengo relación con una gran cantidad de personas mediante Whatsapp varias veces al día y también sigo redes sociales desde mi cuenta de Twitter, por ejemplo, desde la que mantengo debates con otras personas sobre educación, psicología y otros temas relacionados con mi campo profesional. Con mi teléfono, antes de ir a dormir, suelo escuchar algo de música mientras leo mediante Spotify, con unas magníficas listas de reproducción. Es una herramienta que me resulta sensacional. Nunca pensé, por ejemplo, tener toda la música Barroca en mi bolsillo.
Un día quise medir el tipo de consumo que hacía de la tecnología. No me sorprendieron demasiado los resultados: encabezaban la lista, casi igualados en tiempo Word, Power Point, Excel, Outlook y Google Chrome. Dentro de mis horas de navegación, la mayor parte de ellas estaban destinadas al consumo de contenidos y a las búsquedas en Google Académico, así como a la búsqueda de otros contenidos de carácter más divulgativo para mis clases.
Sin duda alguna, paso la mayor parte del día conectado. ¿Soy un adicto? No. No me considero como tal. Hago uso de la tecnología para mi actividad profesional, para mi aprendizaje y para la divulgación de contenidos, no obstante, si realizara muchísimas pruebas destinadas a medir la adicción a las TIC, puntuaría excesivamente alto. Hay una muy interesante: “¿Se pone usted nervioso cuando no puede usar su ordenador”? También me resulta interesante la de “Usted sale de casa sin teléfono móvil, ¿se pone nervioso y da media vuelta?”. No dudaría que mi respuesta en ambas marcaría el mayor rango de adicción. Claro que me pondría nervioso, ya que el uso que doy a estas herramientas en mayor medida es profesional y académico. ¿Cómo se sentiría usted si va a una reunión importantísima de trabajo y no es capaz de llegar nunca a su destino? Si descubriera que ha salido de casa en pijama, ¿se pondría nervioso y volvería a cambiarse? Téngalo claro, es usted un adicto a la ropa.

Juan José Millán.