DISPOSITIVOS DIGITALES, INFANCIA Y RESPETO
Parte 1
Parte 1
No hace muchos días alguien me
preguntaba acerca de lo debido o indebido del uso de dispositivos digitales en
niños. Mantuvimos una interesante conversación acerca del uso que se le da a
estos dispositivos y sobre la finalidad última de los mismos. Llegábamos a
muchos callejones sin salida que tratábamos de responder. Tras varias horas
tratando el tema con mi amigo, arquitecto en el sur de España, me dijo: “¡Mira
que es complicado esto de los ordenadores, con lo tranquilos que estábamos hace
unos años jugando a las chapas!”.
La respuesta de mi amigo me dio
mucho que pensar. Estábamos más tranquilos antes sí, pero ¿estábamos de la
forma en la que estamos ahora? La respuesta que puse sobre la mesa rápidamente
a mi alter ego fue un rotundo no.
Estábamos sí, pero no de la misma
forma en la que estamos ahora. Actualmente la estancia de las personas ha
cambiado, físicamente podemos estar únicamente en una ubicación, es lógico,
aunque tal vez en unos años ya podamos estar en varios sitios a la vez, quién
sabe. Virtualmente la cosa cambia. ¿Estamos? Sí. Estamos en la red, ese
enmarañado ovillo de conexiones que no tenemos muy claro dónde se encuentra
pero que es una realidad. Y sí, estamos en mil sitios actualmente: estamos en
todas las redes sociales, sobre todo en Facebook y Twitter, donde podemos
interactuar si lo deseamos pero también podemos leer. Nótese el aumento de lo
conocido como usuarios pasivos de la red, devoradores de información. Quizá
pueda establecerse cierto paralelismo con aquel compañero algo más tímido al
que no se le escapa detalle. Podemos decir que este usuario “las mata callando”
en la red. Su presencia pasa desapercibida, pero dado que no genera contenidos,
multiplica por 3 su tiempo como consumidor, por tanto, en el mismo tiempo que
una persona revisa Twitter, comparte un par de tweets y escribe algo, este
usuario ha leído el triple, por lo que tiene acceso al triple y, está más
informado en tiempo real. Siempre llegamos al punto de establecer algún
criterio político, moral, científico, educativo, social, humanitario, incluso
ecológico, acerca de qué clase de contenido consume y si es de buena calidad o,
al menos, de calidad.
Estamos en todo aquello que
nuestro teléfono inteligente tenga instalado. Sin duda alguna hoy tenemos una
presencia mucho mayor en todo aquello que deseemos, pero no nos engañemos, todo
aquello que lo desea, tiene una mayor presencia en nosotros (geolocalización,
perfiles de usuario, perfiles de consumidor, perfiles de ocio, etc.).
En el debate acerca de si los
dispositivos digitales pueden ser usados por los niños más pequeños, y con más
pequeños me refiero a niños de un año en adelante, la respuesta es claramente
sí. Pero también es claramente no. Nuevamente nos encontramos frente a uno de
los muchos dilemas que están apareciendo en base a la racionalización de las
TIC. En este punto, antes de abordar los síes y los noes, me dispongo a tratar
otro tema que más adelante se entenderá su relación con este aspecto. A día de
hoy más que nunca, se habla de la adicción a las TIC y no sólo eso, se
desarrollan programas impartidos por instituciones serias, se abren centros de
psicología únicamente encaminados al tratamiento de la adicción… pero a mí el
concepto adicción a las TIC se me queda corto. Se me queda corto porque no termino
de comprenderlo. Personalmente paso muchísimas horas con mi pc portátil, con mi
iPad, con mi Smartphone y con otra serie de dispositivos. Sigo varias veces al
día las redes sociales y cuando voy a dormir en muchas ocasiones estoy con mi
teléfono al lado de mi cama funcionando. Con mi pc portátil escribo artículos
para esta revista y para muchos otros medios, preparo clases con elaboradas
presentaciones para los alumnos, leo el correo electrónico y hago uso de un par
de plataformas de aprendizaje desde las que en unas ocasiones creo contenidos y
en otras los consumo.
Con mi iPad, pongo anotaciones
sobre mis alumnos en aplicaciones destinadas a ello, controlo la asistencia de
mis alumnos a clase y veo las cosas que tengo que tratar con ellos. Igualmente,
puedo asociarme al pc del aula y proyectar sobre él aquello que considero
apropiado en cada momento. Con mi Smartphone mantengo relación con una gran
cantidad de personas mediante Whatsapp varias veces al día y también sigo redes
sociales desde mi cuenta de Twitter, por ejemplo, desde la que mantengo debates
con otras personas sobre educación, psicología y otros temas relacionados con
mi campo profesional. Con mi teléfono, antes de ir a dormir, suelo escuchar
algo de música mientras leo mediante Spotify, con unas magníficas listas de
reproducción. Es una herramienta que me resulta sensacional. Nunca pensé, por
ejemplo, tener toda la música Barroca en mi bolsillo.
Un día quise medir el tipo de
consumo que hacía de la tecnología. No me sorprendieron demasiado los
resultados: encabezaban la lista, casi igualados en tiempo Word, Power Point,
Excel, Outlook y Google Chrome. Dentro de mis horas de navegación, la mayor
parte de ellas estaban destinadas al consumo de contenidos y a las búsquedas en
Google Académico, así como a la búsqueda de otros contenidos de carácter más
divulgativo para mis clases.
Sin duda alguna, paso la mayor
parte del día conectado. ¿Soy un adicto? No. No me considero como tal. Hago uso
de la tecnología para mi actividad profesional, para mi aprendizaje y para la
divulgación de contenidos, no obstante, si realizara muchísimas pruebas
destinadas a medir la adicción a las TIC, puntuaría excesivamente alto. Hay una
muy interesante: “¿Se pone usted nervioso cuando no puede usar su ordenador”?
También me resulta interesante la de “Usted sale de casa sin teléfono móvil,
¿se pone nervioso y da media vuelta?”. No dudaría que mi respuesta en ambas
marcaría el mayor rango de adicción. Claro que me pondría nervioso, ya que el
uso que doy a estas herramientas en mayor medida es profesional y académico.
¿Cómo se sentiría usted si va a una reunión importantísima de trabajo y no es
capaz de llegar nunca a su destino? Si descubriera que ha salido de casa en
pijama, ¿se pondría nervioso y volvería a cambiarse? Téngalo claro, es usted un
adicto a la ropa.
Juan José Millán.
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