viernes, 29 de noviembre de 2013

CASTIGOS Y TRABAJO TRAS CONFLICTOS SOCIALES EN NIÑOS Y ADOLESCENTES (Parte 6 - Lenguaje de la resolución del conflicto)

LENGUAJE DE LA RESOLUCIÓN DEL CONFLICTO: REPERTORIO CONDUCTUAL Y LENGUAJE EMOCIONAL

Es lógico que al tratar de resolver un conflicto de forma positiva (dentro de un conflicto también puede encontrarse una situación agresiva) se pretenda fomentar la empatía en las dos partes, es decir, invitarles a tratar de entender el mundo interior de la otra persona, los significados que ha dado a lo sucedido, los sentimientos que ha despertado en él esa situación, etc., en definitiva, ponerse en la piel del otro, coloquialmente hablando. La empatía, sin duda alguna, proveerá al escolar de un amplio lenguaje emocional que hay que tratar con él. Habrá que diferenciar entre las emociones que ha sentido en el momento de la pelea, de la situación conflictiva. En ocasiones, los niños sienten indefensión, vergüenza, miedo, enfado, retraimiento, susto, ira... y reaccionan con la misma conducta para todas ellas. Se está desarrollando una situación que no es adecuada. No se puede reaccionar de igual forma frente a diferentes emociones. Hacerlo sería semejante a abrigarnos más (conducta) cuando tenemos sensación de sed (emoción). Lógicamente, ponernos más ropa no hará que la sed desaparezca. En el caso que nos ocupa, el niño que siente vergüenza y reacciona como si sintiera ira iniciando una pelea, no atenderá a su vergüenza y, por consiguiente, no existirá ningún tipo de respuesta a su emoción. El niño que siente enfado y reacciona insultando a un compañero o ridiculizándole, tampoco colmara su necesidad con esa conducta, no obstante, son conductas observadas con frecuencia por los niños en televisión, en anécdotas contadas, en cómics, etc. y conductas muy propias como respuesta a un gran aumento del estado de ansiedad debido a la fuerte activación fisiológica producida por la participación del sistema nervioso simpático que provoca en todos los seres humanos sanos, a grandes rasgos, dilatación pupilar, aumento de la fuerza, incremento de la frecuencia cardíaca, broncodilatación, inhibición del persitaltismo intestinal y estimulación de las glándulas suprarrenales, las cuales, en su función de reguladoras del estrés, sintetizarán corticoesteroides (cortisol  comúnmente, que incrementará el nivel de azúcar en sangre, suprimirá el sistema inmunológico y prestará apoyo al metabolismo de grasas, proteínas y carbohidratos) y catecolaminas (adrenalina, que provocará vasoconstricción, dilatación de la vía aérea y activará la respuesta de lucha y la respuesta de huída para escapar de esa situación a la que percibe como amenazante). Por tanto, el no saber responder a la emoción adecuada, llevará a nuestros escolares a generar ansiedad. Ya lo he tratado con anterioridad, los niños bien adaptados socialmente (que saben responder a sus emociones y presentan un buen autoconcepto) presentan niveles bajos de ansiedad y viceversa.

Entre otros muchos, este es uno de los motivos que nos deben llevar a ampliar ese lenguaje emocional y enseñar al niño a responder conductualmente de una forma ajustada a la emoción experimentada, para reducir su nivel de ansiedad y solucionar la situación conflicto.
De tal forma, por ese aprendizaje basado en las consecuencias obtenidas al que he aludido en varias ocasiones en el presente artículo, el niño que se pelea o responde de forma no acorde con su estado emocional, aprende que esa conducta, propia de un estado de ansiedad, le libera de dicha activación simpática (del sistema nervioso simpático)pero no per se, sino que lo hace porque el adulto o compañeros intervienen y cortan la situación. El aprendizaje que está obteniendo es: frente a la ansiedad y con todas mis armas fisiológicas que me apoyan, pegarme me ayuda a evitar esa situación ya que alguien cortará el problema. Es decir, no sólo ganamos una pelea, un comportamiento disruptivo, insultos, vejaciones, etc. sino que estamos motivando el aprendizaje de una conducta de escape, traducido a nuestro lenguaje coloquial, una conducta de no afrontar el problema. Esto también sucede cuando invitamos a nuestros hijos a responder de forma agresiva ante otros iguales. Les estamos conduciendo al terreno de un mal aprendizaje, un aprendizaje de escapar de la situación que no sabe manejar, aumentar sus niveles de ansiedad (y por tanto disminuir su autoconcepto), cognitivamente les invitamos a pensar que no son capaces de resolver sus problemas, y les privamos de lo que una resolución de conflictos puede aportarle (todo lo tratado del lenguaje emocional, inteligencia verbal, etc.)

Muchas veces se habla de castigar, en el sentido estricto (a mí me gusta más emplear el concepto obsoleto o rústico). Parece ser muy sencillo al existir una fórmula: un niño se porta mal y se le impone un castigo. Pongamos un ejemplo. Dos niños están jugando al fútbol en el patio junto a sus compañeros. Uno de ellos mete un gol y lo celebra emulando a alguno de sus ídolos de la liga de fútbol profesional. El segundo niño se siente mal, porque quizá ese día ha discutido con su madre en el coche, no ha sido capaz de resolver unas actividades de matemáticas en clase y se ha olvidado la merienda en casa. Este niño siente frustración y alcanza un tope con la celebración de ese gol. Entonces, dado que no es experto en el manejo de sus emociones, empatía, ni en resolución de conflictos (tanto propios como ajenos) reacciona insultando al primer niño (el goleador) quien nunca mete goles y al que en casa no le suelen reconocer los logros ya que sus padres son tan exigentes que sólo valoran la perfección sin atender al desarrollo de su propio hijo. También alcanza una situación compleja, y como tampoco sabe manejar la situación propia y la vivida a nivel externo, le pega una patada al segundo niño. En este momento se genera una actividad simpática exagerada y tenemos todos los ingredientes para una gran pelea. Es momento de que el adulto entre en juego. El profesor vigilante, observa la pelea y corre a detenerla. Se encuentra frente a un dilema: castigo o resuelvo el conflicto. Sin duda alguna de su acción se determinará el aprendizaje en uno y otro sentido de ambos escolares.
Si les castiga y no sucede nada más, supongamos que les manda quedarse a cada uno de ellos quieto en un lado del patio, ambos acudirán a su sitio (obediencia a la autoridad), pero en este lugar, cada uno seguirá con sus emociones iniciales más acentuadas y con el aprendizaje superficial que he tratado anteriormente: pegarme me libera de la situación, me hace escapar. Pero no resuelve nada. ¿Cuántas probabilidades existen de que estos niños vuelvan a pelearse otra vez más, sin saber por qué? Muchas. Sin duda.

Sin embargo, si se produce una correcta resolución del conflicto en el que se aborda el inicio de la pelea, el por qué de la misma, qué ha sucedido con anterioridad, o nos preocupamos por la vida de cada uno (por esto es importantísimo y posee un carácter realmente fundamental que el inicio de la resolución pase por los tutores que son quienes conocen bien el contexto de cada uno de sus alumnos) se atenderá a su problemática real y tendremos casi un 100% de probabilidades de resolución productiva y solución del problema. No obstante, existen unas normas. El colegio es una minisociedad y como tal, los niños deben aprender que a toda acción  le sigue una consecuencia. Este es el por qué del castigo (en el sentido punitivo) y no otro. No deben esperarse grandes cambios en un estudiante que sólo recibe un castigo. El único cambio esperable es el cambio por el miedo a las consecuencias o a la regañina en casa de los padres, pero nunca estaremos solucionando el problema como debiéramos. Sin duda alguna, las consecuencias punitivas deben existir, sin duda alguna subrayo, pero no para solucionar el problema, sino para que los niños aprendan sobre las consecuencias, sobre la responsabilidad, sobre la causa y el efecto, respeto a las normas, obediencia, etc.

Para ir concluyendo, me gustaría acercarme más concretamente a los adolescentes (aunque todo lo expuesto con anterioridad sirve para ellos, sin duda alguna). Al inicio del artículo hacía referencia al lóbulo frontal, como beneficiario de una resolución positiva de un conflicto. Pues bien, es momento de abordarlo como gran perjudicado en un castigo  a la usanza tradicional.

¿Saben ustedes que el parte frontal del cerebro es la parte que más tiempo tarda en desarrollarse? Tal es así, que hasta los 22 años, no termina su madurez. En el lóbulo frontal encontramos un cúmulo de funciones cruciales para la vida de una persona: las funciones ejecutivas. En anteriores entregas ya les hablé de ellas. Pues bien, como ya he mostrado, el castigo tradicional, tan solo sirve para lo expuesto, sin embargo la resolución positiva de un conflicto, aporta a los escolares todo lo tratado, pero no sólo eso. Tiene una importantísima participación en prácticamente todas las actividades de la función ejecutiva:
- Planificación: metas a corto y largo plazo y procesos intermedios, aspectos en los que la situación inicial, la motivación personal y la percepción de la relación del escolar con el mundo son fundamentales
- Control inhibitorio: inhibición de conductas impulsivas. Muy relacionado con el autocontrol, y disminución y manejo de la ansiedad.
-Flexibilidad cognitiva: alternancia de esquemas de pensamiento y de acción, adaptación a los cambios ambientales, adaptación a los cambios en las condiciones de realización de la tarea, cambios de estrategia, elaboración de nuevas estrategias, no generalización de circunstancias.
- Memoria de trabajo: mantenimiento de información activa durante un periodo de tiempo determinado en ausencia del estímulo, capacidad de resolución de problemas haciendo uso de la información retenida.
- Fluidez: velocidad y precisión en la búsqueda de información y en la actualización de la misma.

También influye cualitativa y cuantitativamente, pero en un sentido algo menos visible en el transcurso de una pelea o situación disruptiva, en el sistema de supervisión atencional (diversas situaciones con opciones de respuesta que requieran una toma de decisiones), atención focalizada, flexibilidad reactiva y espontánea, previsión, monitorización, razonamiento y abstracción.

Por tanto, el castigo sancionador de forma exclusiva no sólo no es eficaz, sino que priva al escolar del entrenamiento en inteligencia verbal, numérica, perceptiva, social, le impide experimentar en el terreno emocional, le dificulta la forma correcta de responder frente a sus propias emociones, le aparta del aprendizaje del vocabulario emocional, incrementa su ansiedad, no soluciona el problema real, no le permite tener un autoconcepto ajustado ni elaborar un autoconcepto acorde con el nivel de desarrollo evolutivo, y le supondrá perder muchísimas oportunidades para entrenar la función ejecutiva, tan importante en la vida.

Aun así, con lo expuesto, quizá alguno de ustedes piense: "Sí, pero a mí me castigaban y no lo volvía a hacer". Yo les contesto: si emulara a Freud en el consumo de esa sustancia de la que anteriormente he hablado, a día de hoy, me seguiría generando exactamente los mismos efectos que a él, a los que describía maravillado, no obstante, las consecuencias que conocemos a día de hoy acerca del consumo de este anestésico, me indican que no debo hacerlo. Por tanto, usted, que ahora ya conoce las últimas investigaciones sobre el castigo, debe concluir que, aunque generará el mismo efecto, el conocimiento generado en las últimas décadas indica que no debe hacerse de forma exclusiva. 

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